martes, 31 de diciembre de 2019

CINE DE AVENTURAS de 1920 a 2002


El cine de aventuras nos ha proporcionado momentos mágicos. El género comenzó a sentar base en la época del cine mudo, sobre todo a la presencia de Douglas Fairbanks. Nacido en Denver (Colorado) en 1883, además de fundar la United Artists en compañía de David W. Griffith, Charles Chaplin y de su esposa Mary Picford, este galán acrobático y fanfarrón protagonizó cintas de aventuras memorables: La marca del Zorro (1920), Los tres mosqueteros (1921), Robin de los bosques (1922), El ladrón de Bagdad (1924) y El pirata negro (1926). Fairbanks dejó claros los ingredientes esenciales de una buena cinta de aventuras, un héroe audaz y romántico, una bella joven en apuros, un villano desalmado, persecuciones trepidantes, emocionantes duelos con espadas, un poco de humor y, desde luego, mucha acción.

El cine de aventuras no vivió un acontecimiento realmente significativo hasta que, a comienzos de la década de 1930, el realizador W. S. Van Dyke y el nadador olímpico Johnny Weismuller hicieron mundialmente popular el mito de Tarzán de los monos (1932), personaje creado por el escritor  Edgar Rice Burroughs que, hasta entonces, no había tenido excesivo éxito en sus aventuras cinematográficas. Posiblemente alertados por este caso, muchos cineastas volvieron sus ojos hacia los grandes clásicos de la literatura de aventuras. Así, se estrenaron espléndidas adaptaciones de La isla del tesoro (1934) de Robert L. Stevenson, con un impagable Wallace Beery en la piel del pirata Long John Silver, El conde de Montecristo (1934) de Alejandro Dumas, protagonizado por un soberbio Robert Donat, y de La Pimpinela Escarlata (1934) de la baronesa Orczy, con Leslie Howard en el papel principal.

En pleno apogeo de “star-sistem” el género no tardó en tener sus monstruos sagrados: Clak Cable- La llamada de la selva (1935), Mares de China (1935), Rebelión a bordo (1935); Gary Cooper- Tres lanceros bengalíes (1935), Beau Geste (1939), La jungla en armas (1939); y Ronald Colman- Horizontes perdidos (1937), Bajo dos banderas (1936), El prisionero de Zenda (1937)- fueron algunas de las estrellas de la época. El testigo de Douglas Fairbanks como héroe romántico por excelencia en las películas de capa y espada lo tomó Errol Flynn, un genial actor de Warner  Bros. Que, bajo la sabia dirección del realizador de origen húngaro Michael Curtiz, protagonizó joyas de la categoría de El capitán Blood (1935), La carga de la brigada ligera (1936), Robín de los bosques  (1938) y El halcón del mar (1940). 


Los restantes estudios de Hollywood no aceptaron de buen grado la supremacía de la Warner. Twentieth Century Fox fue el primero en reaccionar, lanzando a Tyrone Power como protagonista de El signo del Zorro (1940), El hijo de la furia (1942) y El cisne negro (1942), entre otras brillantes producciones. La Universal hizo lo propio con John Hall, a quien emparejó con María Montez en una serie de aventuras de exótico colorido como Las mil y una noches (1942), Alí Babá y los cuarenta ladrones (1944) y La reina cobra (1944), que pusieron de moda lo que se conoció como las “fantasías orientales”. Más tarde, la Metro Goldywn Mayer quiso consagrar como héroes a Stewart Granger- que encabezó nada menos que los repartos de Las minas del rey Salomón (1950), Scaramouche (1952), El prisionero de Zenda (1952) y Los contrabandistas de Moonfleet (1955)- y a Robert Taylor quien se especializó en cintas de aventuras medievales, como fueron Ivanhoe (1952), Los caballeros del rey Arturo (1953) y Las aventuras de Quintin Durward (1955).

Después de que el público se lo pasara en grande viendo a Gene Kelly convertido en D’Artagnan de Los tres mosqueteros (1948), a Burt Lancaster haciendo acrobacias circenses junto a su inseparable Nick Cravat en El halcón y la flecha (1950) y El temible burlón (1952), a Gregory Peck dando vida al intrépido capitán Homblower de El hidalgo de los mares (1951), y a Kirk Douglas enfrentándose contra un pulpo gigante en 20.000 leguas de viaje submarino (1954), los géneros clásicos entraron crisis en Hollywood, y el cine de aventuras no fue una excepción. Mientras en Europa se inventaban nuevas y simpáticas  variantes como el “peplum” con el que los musculosos actores Steve Reeves y Gordon Scott se hicieron de oro encarnando a Hécules, Maciste y otros héroes invencibles, en Estados Unidos la producción disminuyó de forma notable y, poco a poco, se fueron incorporando elementos hasta entonces inusuales en el género, como la violencia, el fatalismo y una perdida casi total de la ingenuidad.


Y trabajos tan distintos como Los vikingos (1958), Espartaco (1960), El Cid (1961), Lawrence de Arabia (1962), Zulú (1964), Lord Jim (1965), Viento en las velas (1965), Kartum (1966) o El hombre que pudo reinar (1975) coincidieron en presentar finales poco felices, sobre todo para sus protagonistas. No todos los cineastas admitieron que las aventuras perdieran espectacularidad a cambio de unos contenidos más “adultos”. Algunos se aferraron a la fantasía en estado puro, incluyendo en sus trabajos sorprendentes efectos visuales, de los que son buena muestra La isla misteriosa (1961), Jason y los argonautas (1963) y El viaje fantástico de Simbad (1973).


Mezclar aventuras y efectos especiales comenzó siendo una práctica minoritaria, pero se convirtió en tendencia generalizada  tras el estreno de La guerra de las galaxias (1977). Una cinta mítica que viajaba a caballo entre la ciencia ficción y la aventura clásica, en la que los floretes de los viejos espadachines, se veían sustituidos  por las modernas espadas láser de los poderosos caballeros Jedi. Los efectos especiales cobraron un enorme protagonismo en el género, como se pudo comprobar en Supermán (1978), En busca del arca perdida (1981) -título esencial, que marcó el nacimiento del personaje Indiana Jones-, Los héroes del tiempo (1981), Conan el bárbaro (1982), Legend (1985), Los inmortales (1986), Willow (1988) o Batman (1989).


Frente a la invasión de la tecnología, nació un movimiento que buscaba recuperar el espíritu de las películas de aventuras de siempre. El resultado lo vimos en Tras el corazón verde (1984), La princesa prometida (1987), Robin Hood príncipe de los ladrones (1991), El último mohicano (1992), Los tres mosqueteros (1993), La hija de D’Artagnan (1994), Rob Roy (1995), ¡En guardia! (1997), La máscara del Zorro (1998), El hombre de la máscara de hierro (1998) y Las cuatro plumas (2002). Pero el desarrollo de los efectos especiales, cada día más asombrosos, ya era imparable, como ha quedado demostrado en las distintas entregas de Parque Jurásico (1993), Misión imposible (1996) y La momia (1999), o en títulos como Tomb Raider (2001), El señor de los anillos (2001) y Spider-Man, que, sin lugar a dudas, pueden servirnos de modelo de lo que es el cine de aventuras actual.

CARTELES de las películas mencionadas:










































































Fuente: Larousse
Fotografía: Recorte cartel de la película "Alí Babá y los 40 ladrones" del año 1944.
Carteles películas: 
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